Ayer iba en el metro con mi hijo en brazos. Las cinco personas que estaban delante de mí, y que podrían haberme cedido un sitio, tenían todas ellas un móvil en la mano y estaban completamente absortas manipulándolo. Creo que uno levantó fugazmente la mirada, pero se volvió a refugiar en la pantalla un segundo después.

Desde que tenemos teléfonos inteligentes (smartphones), nuestros cerebros se han convertido en extensiones de Internet. Nos paseamos por el andén con el cuello inclinado hacia adelante, entumecido en una reverencia incongruente. Una mano sostiene en ingenio, que desprende una luz chillona. Nos trasladamos de un vagón al andén, o de una parada a otra, sin apenas perder de vista la pantalla. La razón de esta desmesura se explica por la sofisticación de los móviles, que ofrecen entretenimiento de alta calidad, y por la inmediatez que proporciona la conexión a Internet. Las pulsiones que nos conminaban a buscar una información (que tiempo hará mañana, como se llamaba el que inventó la electricidad, quién me ha escrito en Facebook) encuentran ahora satisfacción al instante. Quién no ha limpiado su bandeja de entrada de mensajes mientras hacía el trayecto de casa a la oficina. Quién no ha chateado con un amigo en Italia mientras se deslizaba por las entrañas de la ciudad. Quién no ha leído las noticias sepultado por viajeros envueltos en bufandas.

Pero hay algo inquietante en todo esto. Los libros han casi desaparecido del transporte público. Siempre me había gustado esa sensación de biblioteca andante, de comunidad de lectura improvisada. La posesión del libro confería al individuo un aura de erudición y además motivaba a otros a leer. El móvil, sin embargo, le reduce quizás injustamente a la condición de ludópata y erosiona su civismo. O no cede el asiento, o te hace escuchar el último álbum de algún cantante americano, o charla sin pudor de intimidades en medio del tren. Las multitudes cultas del libro de bolsillo han sido reemplazadas por hordas de autómatas adictos a Internet.

Así que, para ir contra corriente y solidarizarme con los atrevidos lectores – ahí incluyo también a los del e-reader -, me he agenciado un libro de bolsillo para mis ratos de viaje: El Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. Se lo recomiendo.