Muchas veces me he preguntado de dónde procede la grandeza humana. No me refiero al talento del futbolista de élite o a la habilidad del astrofísico para realizar descubrimientos, sino al simple hecho de poseer y demostrar virtudes. Y por virtudes entiendo las cardinales que todos conocemos: fortaleza, templanza, prudencia y justicia.

El otro día me robaron la bici en la calle. La había dejado atada con un candado de esos gordos a una barra de metal, en un estacionamiento especial para bicicletas, frente a un edificio publico, en una zona de afluencia de gente, al lado de la parada de metro. En definitiva, el sitio donde menos podría esperarse que robaran bicis. Y sin embargo así fue. Al llegar vi el candado cortado por la mitad – el ladrón debió usar unas buenas tenazas – y ni rastro de mi bici. estuve un buen rato maldiciendo mi imprudencia – debia de haber usado otro candado mejor, o no haberla aparacado ahí – y la malevolencia del género humano. Por supuesto, el robo de mi bici es insignificante en comparación con las maldades cotidianas que reporta la prensa, desde los asesinatos en serie hasta los bombardeos de hospitales. Pero todos tienen quizás en común esa naturaleza de actos repulsivos, merecedores de reproche, condena y oprobio. Dejaremos la filosofía e incluso la teología para otro momento. Lo que me interesa compartir aquí es que, teniendo en cuenta la enorme cantidad de hechos reprobables y sobre todo, la tendencia de los individuos a hacer el mal cuando se desprenden de sus ataduras (morales, legales, culturales), me parece sorprendente que haya personas que sigan actuando sin interés, ayudando a los demás sin esperar nada a cambio, arriesgando sus vidas incluso por el bien común sin una recompensa clara. En mi familia hay unas cuantas así. Desde enfermeras que se desviven por cuidar a ancianos hasta asistentas sociales que hacen horas extra gratis para ayudar a immigrantes. De hecho, he tenido la suerte de conocer algunos de estos héroes cotidianos. Como aquel misionero católico que tomaba clases de teología en la Facultad Islámica de Jartum mientras intentaba ayudar a comunidades en poblaciones remotas. Trabajaba tanto que acabó enfermando gravemente. Apenas se repuso, se cogió un avión y volvió a sus pueblecitos sudaneses. O aquella chica que se dedicó a dar clases de idiomas gratis a los refugiados. O el que pasaba la mitad del verano en centros de rehabilitacion de drogadictos.

Todo esto me lleva a concluir que existe algo por lo que luchar. José Antonio Marina tiene un libro escrito sobre esto (“La Lucha por la Dignidad”) que recomiendo vivamente. El libro empieza justamente en África, donde unos mercenarios obligan a un niño a matar a su propia familia antes de reclutarlo en su ejército. Ahí empieza la narración de los esfuerzos de la humanidad por mejorar, por preservar la dignidad. Es la base para construir todo un edificio de normas que regule nuestro comportamiento y evite que nos deslicemos hacia el lado oscuro. ¡Un propósito que merece la pena!