Docilidad vs Libertad.

Hoy nos llama la atención las actitudes de Donald Trump intentando someter a todos a sus deseos, incluso a sus caprichos. A su colosal poder económico –o gracias a él- ha unido un extraordinario dominio político y con ambos superpoderes su ego prepotente está dispuesto a invadir todo. Para este presuntuoso y todopoderoso supercacique da la impresión de que no existen fronteras de ningún tipo. Su discurso final viene a decirnos: haced lo que yo digo, sed dóciles y todo irá bien… en caso contrario atenerse a las consecuencias. Ataque a la libertad, provocación de miedo… en definitiva, exigencia de docilidad.

Esta realidad, tan imprevista en un presidente norteamericano, tan impropia en un país demócrata, provoca muchas y diversas reflexiones sobre el funcionamiento de la democracia, sobre la libertad, sobre el peligro cierto de los populismos, sobre la concentración de poder, sobre el deseo de dominio e imposición… Análogamente, todos sabemos por  propia experiencia que abundan los Trump/caciques  dispuestos a exigir fidelidades para lograr dominarnos. Sabemos también que quienes ejercen cualquier tipo de poder utilizan, con alguna frecuencia,  mecanismos de sumisión y opresión para imponerse con más facilidad. Fomentan lo que podríamos tipificar como cultura de la docilidad.

En efecto, todos hemos tenido que soportar de mala gana “gentilezas” del jefe de turno como  “aguantar lo que a uno le echen”, “morderse la lengua”, “no atreverse a rechistar”, “pasar por el aro”… y los consiguientes sermones incitándonos a ser sumisos, fáciles, resignados… dóciles, en definitiva. Incluso la sociedad  facilita estas cosas. Basten unos ejemplos. Hoy se ha hecho del relativismo casi un paradigma. Todo es relativo, se nos repite, y, en consecuencia, carece de sentido defender valores inmutables, incluso aquellos –pocos pero muy importantes- que son cimiento de nuestra cosmovisión. Hoy se nos adoctrina con el recurrente “hay que ser políticamente correctos” = “autocensúrate, porque es lo que conviene”, que es la peor de las censuras. Incluso en nuestra vida cotidiana muchas cosas –empezando por nuestra tendencia natural a la comodidad- nos inducen a que seamos suaves, sufridos, mansos… Las largas colas, los atascos monumentales, los procedimientos administrativos largos y complejos, la justicia lenta y enmarañada, etc. requieren grandes dosis de resignación y conformismo que nos “acostumbran y educan” para ser …dóciles.

Aquéllos que fomentan la cultura de la docilidad nos hablarán de humildad, sumisión, fidelidad, ductilidad, reverencia, condescendencia, conformidad… “bondades” todas que, en dosis adecuadas, pueden ser virtudes ciudadanas para una sana convivencia pero que “convenientemente manipuladas” se convierten en útiles instrumentos para domesticar rebaños. Ante quienes así funcionan hay que ponerse en guardia. Crean, por ejemplo, “verdades falsas” haciendo ver lo negativo que es  disentir del jefe para terminar aceptando como válida la ecuación discrepar = estar en contra. Resultado:  el que discrepa va en contra de las verdades -se dice, de los intereses- de la empresa, del partido, del grupo o del jefe de turno y hay que tacharle de la lista. Así, quien manda logra lo que quiere aunque en su entorno aparezcan modos de alternativos de funcionar tan funestos como el rumor, la sospecha, y la mentira, con su inmediato corolario: el “peloteo”, la delación, el chivatazo y la difamación.

Bastaría con aplicar la receta que nos da un reconocido liberal, Julián Marías, cuando nos dice que “el riesgo de la libertad se cura con más libertad, ejerciéndola todos… si todos ejercen su libertad y toman conciencia de sus derechos, entonces se produce la regulación y el equilibrio”.

La cultura de la docilidad es negativa porque permite que pervivan estilos caciquiles de dominio, en contra de nuestra libertad y de nuestros derechos como ciudadanos. Además, ataca directamente las señas de identidad de toda democracia: la libertad y la capacidad de valorar-respetar-tolerar las diferencias. ¿Cómo librarnos de sus efectos perversos? La verdad es que todo lo aquí escrito, cierto sin duda, choca con la realidad. Resulta muy difícil romper con algo tan bien entramado socialmente. La lucha individual es, casi seguro, un fracaso anunciado aunque produzca satisfacción personal. De momento, es importante tomar conciencia del problema y rechazar a los Trump/ caciques de todo tipo.

Tenemos diagnosticada la enfermedad. Sabemos sus efectos. Solo precisamos de madurez democrática para que la libertad se instale de verdad en nuestra sociedad y podamos exigir nuestros derechos sin riesgos y sin miedo. Bastaría con aplicar la receta que nos da un reconocido liberal, Julián Marías, cuando nos dice que “el riesgo de la libertad se cura con más libertad, ejerciéndola todos… si todos ejercen su libertad y toman conciencia de sus derechos, entonces se produce la regulación y el equilibrio”.

Libertad versus docilidad.