Aparco el coche. Entro en el hospital. Por el camino coincido con alguna persona a la que saludo, a otras las conozco pero no lo suficiente, a otras lo suficiente como para no tener especial ganas de saludarnos. Un gesto, una sonrisa valen como saludo. Voy siempre un poco ensimismado, pensando en cómo estará la unidad, en lo que tengo que hacer también al día siguiente.

 

Entro en el vestuario. Cojo un pijama, uno que no sea demasiado áspero. Me cambio. Siempre pienso que mi taquilla tendría que ordenarla un poco, “el próximo día” me digo. Voy hacia el despacho y voy saludando a los compañeros de trabajo. Nos reímos, comentamos distintas cosas. Miro en la planilla con quién compartiré guardia hoy. Me dicen mis compañeros que Jesús está peor, y me relatan todos sus parámetros de forma detallada por órganos y sistemas, antibióticos, drogas para mantener su tensión arterial, soporte respiratorio. No puedo evitar sentir tristeza. Pasan los años y cada vez me cuesta más. Vamos a seguir con nuestra guardia.

Don Jesús lleva con nosotros muchos meses. Yo salgo de guardia y la vida sigue. Es duro tener esa sensación de que allí se congela el tiempo. ¿Y dónde quedan sus proyectos?¿sus ilusiones? No puedo evitar sentirme culpable muchas veces.

Siento una tristeza profunda. Lo que él ha pasado ha sido un auténtico calvario.

Siento una profunda admiración. Nunca se ha quejado, aunque podría haberlo hecho y no habría restado ni un ápice de mi admiración por él. Siempre que ha podido ha sonreído. Siempre sonreía a su familia cuando venía a verle cada día. Su familia le adora. Siempre ha sido una persona respetuosa y afable. Siempre quería saber lo que había, sin adornos.

Jesús, Carmen, Andrés, Ana, Javier, Isabel, Nicolás, Sonia, Francisco, Marta… y tantos nombres de personas que siempre recordaré. Unos están meses con nosotros, y otros únicamente horas.

Tristeza y admiración. Ojalá yo tenga esa entereza cuando llegue mi momento. Les doy las gracias por su trato y su ejemplo.

“En el teatro del mundo cada uno juega su papel, marcados por la suerte del destino.

Se me quitan las ganas de quejarme, Al ver tu buena cara en la adversidad.

Se me rasga el disfraz de desgraciado, ante tu mirada de Superman.

(…)

La ironía del azar, la yincana de la vida es imprevisible.

Detrás de cada historia siempre hay un mundo de luz,

una puerta de esperanza que me abres tú.

(…)

Héroes que nos tienen que salvar de nuestra mediocridad”.

Letra de la canción “Héroes”, de Juanjo Melero.

Salgo de guardia. El aire frío me da en la cara. Respiro hondo y noto cómo ese aire frío entra. Hoy el día tiene una luz preciosa. Quiero ver la sonrisa de mi novia, de mis seres queridos. Hay que disfrutar de cada minuto.

Tristeza y admiración, pero también ilusión y alegría por el nuevo día que puedo disfrutar. Sin duda ellos disfrutaron cada día hasta que la vida les puso esta prueba tan dura, e hicieron disfrutar a sus seres queridos, que les adoran y quieren.

Mis gracias sinceras a todos y cada uno de ellos.