Escribir no es simplemente hacer frases mejores o peores; escribir, dice Juan Ramón Jiménez, es “copiarse el alma”. Eso voy a hacer, transcribir el alma, contar mis últimas experiencias, preocupaciones, reflexiones… suscitadas ante una nueva etapa vital, la de jubilado. Adelantaré que , por supuesto, me merece todo respeto cualquier opinión, contraria a la que aquí expongo y entiendo a quienes desean que llegue su jubilación porque les permitirá vivir más tranquilos, olvidarse de un trabajo que no les ha gustado demasiado o que era monótono e incluso disfrutar de no tener encima un jefe. Porque, obviamente, estar jubilado tiene también sus ventajas.

 Ser y estar jubilado. En este caso, ambos verbos coinciden plenamente. El paso a la condición de jubilado se presenta como de repente. En un momento dado, sin pensarlo, te das cuenta de que eres mayor porque entras en la década de los setenta y porque la sociedad, diríamos que oficialmente, te pone la etiqueta de pensionista. Convertirte en jubilado significa que tu valía, saber hacer y papel profesional, que tienes y se te reconoce como algo natural el día antes de jubilarte, cambia al día siguiente aunque, claramente, seas el mismo. Súbitamente, la sociedad te convierte en una especie de “inútil social”. Hasta entonces apenas te has percatado del inexorable paso del tiempo porque has vivido muy ocupado y también porque  -ya lo detectó Proust- cuando comenzamos a hacernos mayores “no vemos nuestra propia edad sino que, como en un espejo opuesto, cada uno ve la edad del otro”.

El lenguaje, tan certero siempre, deja claro en el diccionario el significado de jubilado.  Son sus sinónimos: cesante, retirado, pensionista, pasivo, excluido, arrinconado, separado, apartado… y sus antónimos, que lo dicen todo, son: activo, vigente, incluido. Por eso, con razón, la administración ubica al jubilado en las “clases pasivas”. Es decir, me he -o han- convertido en un ser pasivo. Algo patético cuando se piensa, como yo, que el ser humano se define por lo que hace, por la acción. Acción que es lo contrario a pasividad. Incluso en una frase tan real como ésta de Rousseau: “la juventud es la época para estudiar la sabiduría; la vejez es la época para practicarla”, va implícita la acción -practicar implica realizar-.

Nos guste o no, la edad la modula la sociedad en la que vivimos que ha decidido que a los 70, e incluso antes, hay que arrinconar a las personas, anulándolas, en gran parte, al convertirlas en pasivas. Aunque sea a costa de perder una riqueza incalculable -personal y socialmente- pues muchas personas mayores podrían y desearían desarrollar trabajos que aportarían experiencia, un intangible de extraordinario valor. Pero ¿quién cree hoy en la experiencia?

No hace falta añadir que estoy de acuerdo con el natural y lógico cambio generacional en el trabajo. De hecho, a medida que se avanza en edad, te encuentras en tu ámbito profesional con una especie de “lucha de edades”, en vez de lucha de clases (así denominaba con humor Fernán Gómez al deseo que él detectaba entre sus colegas jóvenes ansiosos de que los mayores se jubilaran para pasar ellos a primer plano).

 ¿Qué es eso de ser mayores? Esencialmente consiste en que asuntos que, con suerte, apenas te han ocupado en tu vida se convierten en el centro de tus preocupaciones cotidianas: achaques, desgana, consultas médicas con su corolario de análisis y citas y más citas… De hecho, todo ello más aburrimiento, desengaño, no esperar nada ya, falta de ánimo… son rasgos que, según los “entendidos”, caracterizan a la persona mayor. Amén de otros como desánimo, estar rendido, pesimismo, tristeza, malhumor, decepción y desengaño, contar retahílas…  Es la edad, dicen algunos, del ya no. ¿Cabe un retrato más deprimente? Claro que los políticos y la sociedad se han inventado paliativos amables ofertando a los mayores -porque aún votan en las elecciones- el “deber” masivo de divertirse (os tenéis que divertir, dicen los hijos a sus padres), la necesidad inevitable de viajar (¿por qué no viajáis, más?), etc. Para eso está el IMSERSO -Instituto de mayores y de servicios sociales-. Con esto, que en absoluto es negativo, se cumple con los mayores. Pero lo que no se hace es preguntarles qué piensan ellos, qué quieren y  cómo desean realizarse. Todos deciden por ellos porque todos “saben lo que les conviene”: por ejemplo, el inevitable “merecido descanso” (aprovecha para descansar, te repiten);  “es que estoy cansado de descansar” desearía uno gritar. Basta observar cómo representa la publicidad a las personas mayores: en el hogar alrededor de una chimenea… rodeados de niños y de algún animal doméstico; saltando alegremente sin realmente poder saltar; bailando con entusiasmo, aunque sea algo que apenas han hecho en sus vidas; contemplándose la pareja en un ambiente angelical de tierno enamoramiento, etc. En fin, tópicos edulcorados, imágenes irreales que se venden de los mayores que, para colmo, con frecuencia se sienten jóvenes, porque “envejecer no es nada; lo terrible es seguir sintiéndose joven”(Oscar Wilde).

Suelo decir que en la vida “todo es manifiestamente empeorable”; lo que quiere significar, no un pesimismo vital sino una realidad, sino que debemos aprovechar lo bueno que tenemos antes de que pueda empeorar. Esto aplicado a la edad mayor, no sé si tercera o cuarta -Julio Caro Baroja habla de “su cuaternario” en el Prólogo que escribió para un libro mío- es absolutamente cierto: la salud,  las relaciones sociales y con seres queridos, las capacidades, la propia instalación en la vida… todo es ya irremisiblemente empeorable. Por ello, debemos aprovechar aquello que sigue siendo bueno. Por ello, hay que reinventarse para afrontar con imaginación esta nueva etapa que es, dicen los expertos, la del conocimiento más lúcido acerca del ser del hombre. Hay que ilusionarse con nuevos proyectos y hacerlos posibles con tesón y fuerza, aprovechando ese plus que da a los mayores la experiencia, la capacidad de dilucidar y admirar lo que vale la pena.

 “Una vida sin examen no merece la pena de ser vivida”, dicen que dijo Platón. Me asomo a la mía, me examino y vuelvo la vista atrás para desandar el camino -este retroceso lo llamamos vida- y la primera conclusión que saco es que la vida merece la pena vivirse, porque sí y porque, además, puede ser útil a alguien. No quiero que mi vivir se limite a un sobrevivir, que mi anterior quehacer se convierta en un mezquino tener ni que me domine la desconfianza ante el mundo y ante los hombres. Deseo que siga siendo  cierto en las personas mayores aquello que oí decir a Julián Marías y que tanto me gusta, que “El hombre es futurizo”, y me pregunto qué quiero o, mejor, qué quisiera para esta nueva etapa. Estas son algunas de  mis respuestas:

  • Quisiera, antes que nada, conservar mi fe y confianza en Dios porque, entre otras cosas, me ayuda a estar alegre; que no es poco.
  • Quisiera gozar de una buena salud y de capacidad para relativizar si no es tan buena.
  • Quisiera que las generaciones de españoles más jóvenes sepan valorar y mantener lo logrado por sus mayores: una España democrática y en paz, un país mejor, de libertad, de tolerancia y de trabajo.
  • Quisiera que nuestras vidas se asentaran en valores humanos.
  • Quisiera ser útil a los demás y aportarles serenidad, equilibrio y ejemplo.
  • Quisiera que mi vivir sea siempre un convivir.
  • Quisiera sembrar cordialidad y alegría de vivir.
  • Quisiera mantener mi afición a leer porque, como Umberto Eco escribió, “El que no lee, a los 70 años habrá vivido una sola vida. Quien lee habrá vivido cinco mil años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás”.
  • Quisiera no darme por amortizado.
  • Quisiera vivir con la curiosidad que siempre he tenido y mantener mi capacidad de asombro ante lo desconocido.
  • Quisiera que no me escaseen los ánimos para hacer más.
  • Quisiera dar siempre gracias a la vida pues, como Borges y Chesterton defendían, “el mero hecho de ser es tan prodigioso que ninguna desventura debe eximirnos de una suerte de gratitud cósmica”.
  • Quisiera hacer mías estas palabras de Bertrand Russell: “No soy joven y amo la vida… La felicidad no es menos verdadera porque tenga que acabarse, ni tampoco el pensamiento y el amor pierden su valor porque no sean eternos”.
  • Quisiera poder decir como el sabio Solón “me hago viejo aprendiendo cada día”.

Luis PALACIOS BAÑUELOS, finales de 2018.